De cuando fui fanático por Efraín Zavarce

Publicado el 24/05/2017
Por Prensa Leones del Caracas / Efraín Zavarce

En el marco de los 75 años de Caracas BBC invitamos a reconocidos periodistas deportivos del país a escribir artículos para conmemorar el mes aniversario de la franquicia. A lo largo del mes de mayo podremos leer desde su perspectiva y algunos a través de anécdotas, lo que es Caracas para ellos y para el país. El séptimo en el orden es Efraín Zavarce:

 

Tres entradas sobre la mesa del comedor para el juego entre los eternos rivales del día siguiente en el Universitario. Me habría dado tranquilidad que una de esas fuese mía, pero no. Quien se consideraba en la casa el más fiel seguidor de los Leones, no tenía boletos para aquel juego del round robin de 1995. Los tickets fueron repartidos entre mi papá y mis dos hermanos. Así que la única manera que tenía de estar presente ese domingo en el estadio, era amanecer frente a sus taquillas. Para ello llamé a Ricardo Larralde, uno de mis amigos del colegio con quien compartía la afición por el Caracas. La misión era salir casi al amanecer desde La Campiña hasta Los Chaguaramos.

Ricardo apareció en mi casa al final de la tarde de aquel sábado 14 de enero. Debíamos comprar nuestras entradas y la de al menos dos amigos más. La demanda de boletos era grande. Las razones para eso eran varias: Magallanes visitando al Caracas, juego de postemporada y la presencia de Juan Carlos Pulido y Omar Daal como abridores. El primero venía de su temporada de estreno en las Grandes Ligas. Fue durante buena parte de esa campaña miembro de la rotación de los Mellizos. De hecho, el 12 de junio anterior ganó un juego contra los Medias Blancas que quedó enmarcado por ser el primero entre abridores venezolanos en las mayores. Derrotó a Wilson Álvarez.  Daal, por su parte, tuvo en 1994 su segunda zafra en la gran carpa.  Enfrentamiento de zurdos grandeligas. El juego prometía.

Creo nos acostamos poco después de las once de la noche. La idea era levantarnos a las cinco de la mañana y esperar el amanecer para bajar a pie hasta el estadio. Yo prefería irme mucho antes, pero resultaba arriesgado para unos adolescentes caminar más de diez cuadras a mitad de la madrugada. Así que me dormí resignado a esperar el alba. Pude hacerlo a pesar de la música que animaba una fiesta en uno de los edificios aledaños al mío. Pero a medianoche, los decibeles de la música fueron sobrepasados por una discusión entre caraquistas y magallaneros. La polémica tenía como motivo los pronósticos del encuentro que se desarrollaría horas después.  Eso me despertó. ¿Realmente conseguiremos entradas si salimos de acá al amanecer? ¿Hasta dónde llegará la cola a las seis de la mañana, si hasta en esa fiesta hablaban del juego?, me pregunté. Una sensación parecida a la desesperación me invadió, así que decidí levantar a Ricardo para salir aun cuando el reloj todavía no marcaba la una. El asunto era cómo salir sin que nadie en la casa lo notara, porque a los viejos no les guastaría saber que a esa hora podía estar caminando por Sabana Grande y Plaza Venezuela. Solo la irracionalidad de un fanático podía impulsar aquello.

Ya vestidos y planeando la salida, vimos cómo la puerta del apartamento comenzó a abrirse desde afuera. Era mi hermano Carlos Eduardo llegando de una fiesta; algo que no me esperaba. Pero la sorpresa no era solo mía. Al Negro también le sorprendió vernos dispuestos a salir a esa hora.  “¿Coño, se van pal´ estadio ya?”, nos dijo incrédulo. Mientras respondía, Luz salía del cuarto. Tenemos que irnos ya, pensé. Y así lo hicimos, a pesar de que mi madre trató de impedirlo. No era mucha la gente que se veía en la calle a esa hora. Casi nadie, en realidad. Caracas no era todavía una de las ciudades más inseguras del mundo; pero sí lo suficientemente peligrosa como para que esa caminata fuera una irresponsabilidad. Ambos éramos conscientes de aquello, pero más podía el deseo de ver el juego desde las tribunas.  Solo un par de tipos nos vieron fijamente en la avenida Francisco Solano. Fue el momento más tenso del trayecto. Sólo eso.      

Ya en el estadio encontramos una cola extensa para la hora. Tal vez un cuarto para las dos de la mañana. Recuerdo con nitidez que en el lugar había una mesa de jugar dominó de gente que quién sabe a qué hora ahí llegó. Y para nosotros había frío y algo de hambre, pero el saber que estábamos en buena posición para comprar las entradas, nos ayudaba a soportar aquello. Y así fue. Después de varias horas de espera, durante las cuales fuimos testigos de peleas entre fanáticos que deseaban colearse y otros que intentaban evitarlo, más peinillazos por parte de la fuerza pública a algunos abusadores, nos hicimos de los boletos para el juego del mediodía. Pocas cosas me producen más añoranza que un juego entre los eternos rivales en el Universitario un domingo al mediodía. Cuando pienso en eso, recuerdo especialmente ese encuentro del  15 de enero de 1995.

Fue ese un buen juego. Los Leones hicieron cinco carreras durante los cuatro primeros innings, de las cuales cuatro fueron ante Pulido. Fue eso suficiente para Daal, que lanzó seis innings y dos tercios de solo dos rayitas. Al zurdo le siguieron Calvin Jones y Ugueth Urbina, ya cerrador del Caracas. La pizarra final mostró un 5-2 a favor del equipo que dirigía Pompeyo Davalillo. Así que de ahí salí feliz sin saber que días después los Leones se impondrían en la final a las Águilas a pesar de perder los dos primero juegos de la serie. Y desconociendo también que Ricardo fallecería ochos meses más tarde en un accidente de tránsito. A la memoria de mi amigo caraquista dedico estas líneas. Y por supuesto, a la franquicia más ganadora en la historia del país en su aniversario 75.

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