Amores de tres cuartos de siglo por Carlos Valmore

Por Prensa Leones del Caracas / Carlos Valmore
Publicado el 11/05/2017

En el marco de los 75 años de Caracas BBC invitamos a reconocidos periodistas deportivos del país a escribir artículos para conmemorar el mes aniversario de la franquicia. A lo largo del mes de mayo podremos leer desde su perspectiva y algunos a través de anécdotas, lo que es Caracas para ellos y para el país. El cuarto bate es el periodista Carlos Valmore:

El primer atleta venezolano oloroso a multitudes se llamó Alfonso Carrasquel, mito fundacional de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional, ancestro más antiguo de los grandes shortstops que brotaron de este suelo cual petróleo, pionero del estrellato latinoamericano en las Grandes Ligas, Adán entre los héroes deportivos del país. 

Y fue caraquista.

Tan caraquista que en cierta ocasión abordó un aeroplano en Nueva York a medianoche, llegó a su casa aquí en la mañana y de inmediato le preguntó a su mamá:

“-¿Cuándo comienza la temporada aquí?” 

-“Hoy”

“Cogí mi maletín, me fui al estadio y le dije al mánager del Caracas que iba a jugar”. *

Por pasajes así, Oscar Prieto Párraga, expropietario de la novena, lo considera prócer del caraquismo. Lo llamó  “el papá de los helados”.  “No hizo dinero con el beisbol, y no le importó”, mencionó en una entrevista.  Ese grado de compromiso de “Carrasquelito”  (1926-2005) acortó su carrera, pero alargó su gloria. Así le llegó a las masas. Así se bañó de ellas.  Él fue el Caracas en los años cuarenta y cincuenta, la etapa germinal del circuito. La LVBP nació el mismo año que la carrera profesional del apodado Fantasma de la Calle 34: 1946. 

“Para Alfonso, el Caracas lo fue todo”, relata Emilia Carrasquel, la muy cercana hermana menor del torpedero de los Medias Blancas de Chicago y primer nacido en América Latina que disputó un Juego de Estrellas en las Grandes Ligas. Ella acompañó al Chico hasta la muerte del ídolo de Sarría (norte de la capital), de manera que está más que autorizada para hablar en su nombre. “El Caracas fue su gran pasión”, subraya Emilia. “Estuvo allí casi veinte años. Todavía hoy muchos lo identifican con el Caracas, y al Caracas con él. Siempre decía que podrían romper sus récords, pero jamás le quitarían el privilegio de haber sido el primero en implantarlos. Por el Caracas solo duró diez años en Grandes Ligas, pues nunca descansaba. Terminaba allá y comenzaba aquí. Era un trajín muy rudo. Además, con el Caracas fue el primer mánager venezolano en ganar una Serie del Caribe. Alfonso me contó que cuando ganaron allá en México (Hermosillo, 1982), El Negro Prieto (Oscar Prieto Ortiz, dueño de la divisa) le dijo: ‘Ya puedo morir tranquilo’”.  En su honor, ningún otro caraquista volverá a vestir el número 17.  

   (*) tomado del libro Venezolanos en las Grandes Ligas, de Carlos Cárdenas Lares

El rugido de Víctor Dava-hits

El supremo autor de imparables en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional es Víctor Davalillo. Fueron 1.505 indiscutibles en 30 temporadas, fronteras que se antojan imposibles de cruzar por los siglos de los siglos. Pierna derecha suspendida, swing y hit la bola. Este abusador, este alquimista del bateo, se despidió del circuito con average vitalicio de .325. Para él, golpear para .300 era tan fácil como para uno lo sería parpadear. Solo este zurdo sobrehumano ha dejado caer cien cohetes en una contienda. Le acompaña la razón a quien diga que no ha habido por estos lados un pelotero como Vitico. 

Y es caraquista.

Tan caraquista que, a treinta años de su retiro, nadie ha disputado tantas temporadas con el equipo como él, que se puso la casaca a rayas negras durante 19 campeonatos. “Que en realidad son veinte, porque ahí hay que sumar a los Tibuleones, que se fueron a Portuguesa”, alude el antiguo pitcher y jardinero a la fusión que hubo en la lidia 75-76 entre efectivos de Leones y Tiburones de La Guaira luego de que ambas divisas quedaran sin hogar a falta de un acuerdo con la Fundación UCV sobre el canon de arrendamiento del estadio Universitario. “Uno jugaba hasta sin viáticos, se quedaba a dormir en pensiones y viajaba en autobuses choretos. No era fácil, pero lo hacía porque era el Caracas, un club combatiente y también el equipo de las caras bonitas, el favorito de la gente, el que llena los parques hasta cuando juega mal”, manifiesta el menor de los dos bigleaguers Davalillo, buque insignia de los capitalinos en los años sesenta y setenta, pese a ser orgullosamente zuliano, de Cabimas, para más señas.    

“En el Caracas me ayudaron porque me firmaron y me pusieron a jugar en una época en la que era difícil ver criollos porque casi todos los que alineaban eran americanos. Había que ser un Alfonso Carrasquel para que te dieran chance. A mí me lo dieron y no lo desperdicié. Me dediqué a mi deporte, ajeno a los chismes”, afirma Davalillo desde sus venerables ocho décadas de vida.

“Yo quería seguir los pasos de mi hermano Pompeyo”, narra Vitico lo que significa el Caracas en su vida. “Y cuando llegué al equipo me conseguí al Carrao Bracho, a Guillermo Vento, a Alfonso Carrasquel, a Emilio Cueche, una cantidad de superdotados. Y atrás estaban las sombras del clubhouse, que es como uno llamaba a los suplentes, esperando que te fuera mal para quitarte el puesto”.

Davalillo se remonta a su primera temporada, la 57-58: “Creo que debuté en Ciudad Bolívar lanzando cuatro innings. Fue en Ciudad Bolívar porque el Negro Prieto, el dueño, como que era de por allá y tenía fincas”. Pero retiene con mucha más nitidez el retiro, en la 86-87, luego de un largo paréntesis de diez zafras con los Tigres de Aragua. “Tuve diferencias con los Tigres y me dieron la libertad. Todavía estaba en Maracay cuando sonó el teléfono. Era Oscarcito (Oscar Prieto Párraga) para decirme: ‘vente, que aquí está tu uniforme’. Yo sabía que no era el mismo (¡tenía cincuenta años de edad!), pero quería llegar a 30 temporadas y 1.500 hits. Y lo hice”.   

Aunque sigue siendo el hiteador número uno, con el Caracas usó el 2, ya descontinuado por el Caracas en homenaje al hombre que soltó líneas hasta el medio siglo de vida. “Y sigo siendo caraquista”.      

 

Las Armas del rey de la selva   

A la colonia venezolana en las Grandes Ligas le faltaban vitaminas, y Antonio Armas se las dio. Antes de él, no hubo grandeliga criollo con certificado de slugger. Con él nacieron los lideratos de jonrones e impulsadas que luego se reproducirían con Andrés Galarraga y Miguel Cabrera. El león de oriente fue el único jonronero nativo con calidad de exportación hasta que aparecieron El Gato y el Tigre, años más tarde. Antonio Armas: fuente de poder del beisbol venezolano, plusmarquista de los cuadrangulares, el hombre de la fuerza.

Y es caraquista.

Tan caraquista que hasta se mandó a rezar una rodilla lastimada para seguir jugando una final y ganársela a Cardenales de Lara, en la batalla 1989-1990. “Eran los ligamentos y casi no podía caminar”, detalla la zarpa de oriente. “Fue por una jugada en Barquisimeto, en la que estaba llegando a tercera y tuve un choque con Ed Sprague. Pero le dije al mánager (Phil Regan): ‘Ponme en el lineup, que yo mismo soy’. Estaba acostumbrado a eso porque siempre jugaba enfermo, con dolores en las rodillas, producto de tanto estrellarme contras las paredes de concreto, sin acolchado, que teníamos en esa época en el outfield. Me rezaron la rodilla, me dieron remedios caseros y así pude jugar”. Y no solo es que jugó. Es que sacó cuatro bolas y produjo siete carreras. Casi nunca había sido tan letal en una final, a la que llegó con 36 almanaques y una rodilla ensalmada. Todo sea por el Caracas. Fue el último campeonato del gran caudillo de las huestes felinas de finales de los setenta y todos los ochenta.

“Es que el Caracas ha sido mi vida, fue el que me dio el nombre”, justifica Armas su suplicio. “Siempre fui caraquista, desde que tengo uso de razón. De niño tenía un radiecito en Puerto Píritu (estado Anzoátegui) con el que escuchaba los juegos de los Leones y seguía a Víctor Davalillo y a César Tovar,  mis ídolos. Gracias al Caracas tuve la dicha de poder jugar junto a ellos. Formar parte del Caracas ha sido un orgullo, y sigo siendo parte del equipo, ahora como coach. Quise ser coach de bateo porque en la época mía no teníamos instructores de nada. No quería que los jóvenes que venían pasaran por lo que yo pasé”.

97 jonrones volaron entre el uno, en la 72-73 bajo las órdenes de Oswaldo Virgil, y el último, que le sonó al caraquista David Veres en el Universitario, ya con la camisa de Caribes de Oriente en la 1991-1992. A sus 63 innings no oye los lances del Caracas por radio: los vive desde la cueva, ahora como benemérito de la institución. Él es el Caracas. Él es el 20, el uniforme que nadie más se pondrá en los Leones. Y 20 son los títulos de la franquicia. Vaya alegoría.     

El manual de Urbanidad de los multicampeones 

Según el conocido portal estadístico pelotabinaria.com,  6.552 peloteros han jugado en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional durante sus 71 años de existencia. Y solo uno puede preciarse de haber lanzado no hit no run en una final y para coronar a su equipo. Ese es Urbano Lugo Colina.

Y es caraquista.

Tan caraquista que fue capaz de subir a la lomita a defender la casaca melenuda con casi 40 de temperatura por dentro y más de 30 por fuera, pues ocurrió en Maracaibo. Ese día, Lugo se consagró, al pie de la letra, como un caraquista fiebrúo. “Fue en un playoff”, viaja en el tiempo el antiguo pitcher derecho, de 54 años de edad. “La verdad es que me dolía desde las uñas de los pies hasta la punta del cabello, pero fue una estrategia del mánager Pompeyo Davalillo de manera que Zulia alineara a varios zurdos contra mí para luego traer a Omar Daal, que era de esa mano. Pompeyo solo me pidió un inning. Yo se lo di”.

Ese fue Urbano Lugo: un pitcher de compromiso, un escopetero de competencia, un guerrero de la montaña, un monticulista de raza ¿El Caracas se juega la vida? Que le den la bola a Urbanito, era el pensamiento del fanático. Amaban a Lugo, y Lugo a ellos. Y Lugo a los Leones. “Ellos son mi segunda familia, donde crecí, donde me dieron la oportunidad de ser el pelotero que fui”, habla el hombre del no hitter para batir a La Guaira en la 86-87. “Cuando yo llegué a Caracas, proveniente de Falcón, los veteranos del equipo, Baudilio, Armas… me hicieron sentir en casa por ser yo el hijo de Urbano Lugo, quien fue compañero de ellos y que por ser más veterano les dio ese mismo trato cuando llegaron. Hasta me permitieron usar el mismo número de mi papá, el 8, y seguir la dinastía. Así que me di íntegro por el Caracas, por amor a su camiseta”.

Para el Lugo que comenzó  con los Leones fue como entrar a Disney al ver que su casillero se hallaba al lado del de oficiales de alta graduación como Gonzalo Márquez, Leonardo Hernández, Luis Peñalver y Ubaldo Heredia. “Debuté en la 81-82 con dos entradas, creo”, presiona Lugo a sus neuronas, que también le brindaron datos de su última  salida  al ruedo, que fue un blanqueo –en Barquisimeto- contra Cardenales de Lara en el cuarto asalto de la final correspondiente a la entrega 1997-1998. “Ya para ese momento sabía que el brazo no me daba como antes y que sería lo último que haría en el terreno, así que le pedí ese juego al mánager Phil Regan. Él me dio cinco innings. Cuando los terminé salió a quitarme la pelota. Yo le pedí una entrada más. Y otra, y otra. Así lo fui llevando, hasta terminarlo. Me habían dado cuatro carreras de ventaja en el primer inning y no tenía fuerza, pero sí sapiencia. El público se metía conmigo, me decían que estaba viejo y me caerían a palos. Yo sabía que era el último juego y lo dejé todo”.

“Algo muy bonito que pasó ese día -continúa- fue que Luis Sojo dio una línea que tomó Liu Rodríguez. Al fallar, Luis se acercó a mí para abrazarme y felicitarme. Así me fui”. Y el 8 también. Urbano es el Lugo del 8. Y clama a la actual gerencia por otra corona: “La gente la está pidiendo”.         

 El león del campocorto 

Omar Vizquel es uno de los mejores paracortos que conozca la humanidad. Defensor de alcurnia, ganó once Guantes de Oro en las ligas mayores. Dejó porcentaje de fildeo de .985 en la posición seis, el segundo más elevado de todas las épocas. Y es el venezolano con más hits en las Grandes Ligas. 2.877 pegó en 24 temporadas libradas, otra cifra con la que supera a cualquier criollo que haya dado el salto largo. Omar Vizquel construyó una carrera como para ser admitido en el Salón de la Fama, el de Cooperstown.

Y es caraquista.

Tan caraquista que fue capaz de anteponer los intereses del equipo sobre sus problemas personales, como ocurrió en la final de la temporada 1994-1995 contra las Águilas del Zulia, de la cual tuvo que perderse los dos combates  iniciales por un importante asunto privado en Estados Unidos. Los Leones  perdieron ambos. “Mi papá me dijo: ‘Esa gente te necesita. Están jugando mal y ya perdieron dos partidos’. Decidí que tenía que volver”, relata, ya con medio cupón cumplido, el actual coach de primera de los Tigres de Detroit. “Lo mejor fue que me recibieron con los brazos abiertos. Recuerdo que (el mánager) Pompeyo Davalillo hizo un mitin para decirnos que necesitaba ayuda, que él solo no podía, que era mánager y coach de tercera al mismo tiempo. Yo tomé la palabra y le dije: ‘Pero Pompeyo, ¿por qué haces eso? Deja que otro asuma la responsabilidad de ser coach de tercera para que puedas concentrarte en dirigir’. Hice buenas jugadas, di algunos hits y quedamos campeones”.

Para Omar Vizquel, el Caracas no fue un trabajo: fue una enseñanza. “Sin Leones no hubiera sido el pelotero que fui”, asegura. “Leones del Caracas es para mí lo que puede ser su universidad para un ingeniero o un arquitecto. Fue la escuela que me enseñó a jugar pelota, a ser el hombre que fui en el terreno de juego. Recibí de Antonio Armas, Gonzalo Márquez, de Flores Bolívar, que fue el que me firmó, muchas enseñanzas que se me quedaron grabadas. Fueron mis profesores, mis motivadores. Me convirtieron en lo que fui. Con el Caracas desarrollé mi habilidad para batear a la zurda, que me permitió jugar en Grandes Ligas tanto tiempo. Para mí fue un placer y un orgullo total jugar con los Leones, por su gran tradición. Por eso les dicen los gloriosos”.

Vizquel nunca olvidará su primer día como caraquista. “Me presenté a los entrenamientos junto con Rolando Petit, con quien había jugado pelota menor”, rememora. “El Loro Jacinto Betancourt, encargado del clubhouse, dijo sobre mí: ‘Este debe ser un grandeliga, porque no sé pronunciar su apellido’. Al segundo día de prácticas me firmaron. Era 1983. Tenía 16 años de edad y me dieron 18 mil bolos. Con esa plata quería comprarme un carro, pero mis padres me dijeron que mejor lo guardara en el banco. Más tarde, cuando alcancé la mayoría de edad, usé esos 18 mil para comprarme un Renault Fuego, usado. Lo tuve tres años, hasta los 21, cuando llegué a Grandes Ligas”.

El postrer abrazo de su militancia caraquista, 29 de noviembre de 2007, fue tan emocionante como el de bienvenida. En otra muestra de lealtad con la divisa, Vizquel, luego de una prolongada ausencia, volvió a la patria para jugar su temporada de clausura y colgar el uniforme 23.  Fue un tour de despedida que lo llevó por casi todos los parques de la LVBP. El epílogo fue en un repleto y enfervorizado estadio Universitario, con las Águilas como rivales. “Fue un día muy emotivo”, admite. “Di hits, hice buenas jugadas y ganamos. Luego, en el clubhouse, cada uno de mis compañeros habló sobre mí. Se me salieron las lágrimas al oírlos y se me hizo un inmenso nudo en la garganta. Un amigo mío tenía una cámara para registrar en video aquel instante, pero no le dio al botón de grabar y se perdió toda la esencia de ese momento tan intenso”.

Y así se fue. El caraqueño-caraquista se llevó su 23, suyo y de nadie más.

Bob, el comerivales       

El pelotero venezolano más completo, y único 30-30 en Grandes Ligas hasta nuestros días, nació en Maracay, estado Aragua, el 11 de marzo de 1974 y fue bautizado como Bob Kelly Abreu. Con los años, el niño que llenaba  bolsas de supermercado manejaría con pericia todas las herramientas del beisbol hasta repletar sus alforjas con poder, contacto, paciencia, fildeo, brazo y velocidad. Por eso fue capaz de descargar 30 jonrones y robarse 30 bases en una misma temporada del Circo Máximo (y dos veces). Fue Guante de Oro, fue Bate de Plata, fue All Star. Bateó casi .300 de average vitalicio.

Y es caraquista.

Tan caraquista que estuvo dispuesto a jugar con los Leones a sabiendas de que su padre, a la vez que amigo y mentor, se estaba muriendo. “Fue fuerte salir al campo así. Era diciembre de 1991. Falleció en enero”, describe el tipo que se cansó de dar tablazos salvadores para la causa capitalina, como aquel contra Tim Crabtree en el sexto de la final 97-98, o contra Giovanni Carrara en el quinto de la 98-99. Más que Bob, el Constructor, era Bob, el salvador. Y siguió haciendo prodigios hasta su año de retiro.  “En los playoffs de la 93-94 debí mantenerme en el terreno a pesar de que acababa de morir un sobrino muy querido”, echa el reloj hacia atrás el otrora artillero zurdo de 43 años de edad que preside la Liga Profesional de Baloncesto en Venezuela. “Pero pude dar un jonrón en ese juego. No es sencillo concentrarte cuando pierdes un ser querido, pero debes hacerlo, sobre todo porque sabía que llevaba sobre mis hombros el enorme peso de representar una camisa de tanta jerarquía. Pero también fue divertido y especial. Con el Caracas me di a conocer. La pasé muy bien todos esos años y creo que a la gente le gustó lo que hice”.

Abreu recuerda al esmirriado adolescente de 17 años de edad que debutó con los Leones en la 91-92. “Venía de la Liga Instruccional y al llegar le dije al señor Óscar Prieto Párraga, hoy en día un gran amigo, y a quien debo mucho: ‘Señor Prieto, cuándo voy a la paralela’. A lo que él respondió: tú no vas a ninguna paralela. Vas al equipo grande. En mi primer juego estaba muy nervioso, a pesar de que solo entré a correr y defender en los jardines como en el séptimo inning en reemplazo de un importado: Jerry Brooks. Realmente estaba muy nervioso. Pero me fui calmando. Luego llegó el día (en la 92-93) de estrenarme como jonronero, contra Juan Francisco Castillo (figura de los Navegantes del Magallanes).

Todo terminó donde comenzó: en el Universitario, luego de 16 temporadas, 517 hits, 313 anotadas y 258 remolcadas. Fue una tarde soleada de diciembre de 2014, en la que los aficionados lo ovacionaron a rabiar e hizo el lanzamiento inaugural, recibido por su amigo, compañero y paisano, Alex González. “Eso fue muy emocionante: sentir el cariño de la gente. Fue como yo quería: que mi carrera comenzara y terminara en el estadio Universitario”.

Todo pelotero recibe un número que lo identifica. Cuando el pelotero se vuelve extraordinario es el número el que queda asociado al nombre. Por eso, Bob Abreu ya no es el 53. El 53 es de Bob Abreu.

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